lunes, 26 de septiembre de 2011

Historia de la lírica manchega del siglo XIX



LA LÍRICA

Ya al final de su vida, el famoso farmacólogo y botánico toledano y neoclásico editor de Garcilaso Casimiro Gómez Ortega, académico de la Historia y de la Real Latina Matritense, recogió su obra poética en latín y castellano e imprimió unos Carminum libri quatuor, cum nonullorum interpretatione hispanica accedit liber V, inscriptiones continens (Madrid: José Collado, 1817). Es obra muy interesante, porque revela las conexiones que tenía en la tertulia de la Fonda de San Sebastián en Madrid; algunas conocidas, como José Cadalso, Juan y Tomás de Iriarte,[1] Manuel de Roda, Francisco Pérez Bayer, Campomanes, Floridablanca, Bernardo de Gálvez, Nicolás Moratín, el Marqués de Santa Cruz Pedro de Silva, Giovanni Conti, Diego Clemencín, Urquijo, Azara, Pedro Ceballos, Jovellanos, Martín Fernández de Navarrete, José Antonio Conde, Juan Bautista de Arriaza, Lardizábal, Martín de Garay, Meléndez, Manuel María de Arjona, Juan Ceán Bermúdez… y otras menos, como su amigo el médico y naturalista mexicano José Mariano Moziño, el botánico Martín Sessé, Alfonso Acevedo (autor de una disertación contra la tortura), el bibliotecario José de Irusta, José Ortiz, José Cornide, el humanista Juan Bautista Melón, el médico y guerrillero Juan Palarea, y el también médico del Real Hospital de Mineros de Almadén José Parés y Franqués, (1720-1798), autor de varios trabajos de su especialidad y de un repertorio terminológico de la minería usada en el lugar.[2] Menos cortesano y más íntimo se muestra en sus dos odas Ad suum Hortulum suburbanum, cuando encuentra íntimo refugio entre sus plantas de las hostilidades y crueldades de la Guerra de la Independencia:

Hic lego, aut animo audio sereno
Galliae rabiem tumultuantis,
vim flagitia, militum rapinas,
scelesta ausa ducum, ducum impia ausa,
caedes, praelia saeva, luctuosos
(fas sit dicere) Principum triumphos. (II, p. 76)

            La segunda posee un interés biográfico más concreto, que me contento con dejar apuntado aquí. Pero todo ese afán dedicatorio, prologuero y adulador que hace pesar los primeros libros con liminares a libros ajenos por parte de Gómez Ortega no pasó desapercibido para Tomás de Iriarte, quien, a mi juicio, le dedica una denigrante fábula, la décima, "La parietaria y el tomillo", que alude como de pasada a su gran categoría como botánico; no ha sido apercibido por la crítica, más atenta a buscarle las alusiones a Sedano y autores menos oscuros y manchegos.



Yo leí, no sé dónde, que en la lengua herbolaria
saludando al tomillo la hierba parietaria,
con socarronería le dijo de esta suerte:
«Dios te guarde, tomillo: lástima me da verte,
que aunque más oloroso que todas estas plantas,
apenas medio palmo del suelo te levantas.»
Él responde: «Querida, chico soy, pero crezco
sin ayuda de nadie. Yo sí te compadezco;
pues, por más que presumas, ni medio palmo puedes
medrar, si no te arrimas a una de esas paredes.»
Cuando veo yo algunos que de otros escritores
a la sombra se arriman y piensan ser autores
con poner cuatro notas, o hacer un prologuillo,
estoy por aplicarles lo que dijo el tomillo.
Nadie pretenda ser tenido por autor sólo con poner un ligero
prólogo, o algunas notas a libro ajeno.



    El tercer libro está consagrado preferentemente a denostar a Bonaparte y a su hermano José, y el cuarto a aplaudir la vuelta de Fernando VII. El quinto, muy breve, es una serie de epicedios funerarios e inscripciones para monumentos. Emplea preferentemente hexámetros, endecasílabos, dísticos elegíacos y estrofa sáfica.

El clérigo Pedro Antonio Marcos, nacido en un pueblo de Salamanca, desarrolló toda su vida eclesiástica en las parroquias toledanas de El Viso, junto a Illescas, Sonseca, Alcabón y el Casar de Talamanca. Era liberal y amistó en la Universidad de Salamanca con el gran poeta en latín y en español Francisco Sánchez Barbero, a quien auxilió económicamente en su penosísimo encarcelamiento en Melilla; he leído en la Biblioteca Nacional la correspondencia de esa amistad, rota por la muerte de Barbero. Marcos dedicó a su amigo un dolido poema que no cumple acoger aquí. Baste decir que Marcos sufrió destierro en los Montes de Toledo a causa de su militancia liberal exaltada durante el Trienio Liberal (publicó poemas en La Tercerola de Mejía), nos conservó los poemas latinos de Barbero y, muy versado en lenguas clásicas, tradujo las Lamentaciones de Jeremías y del griego La batracomiomaquia.

El intrigante arcediano de Alcaraz y canónigo de Toledo, preceptor y sumiller de cortina de Fernando VII Juan Escoiquiz Morata (Ocaña, 17 de marzo de 1762 – Ronda, 20 de noviembre de 1820), que no es navarro, como más de uno ha creído sin fundamento, tuvo una insospechada dimensión de poeta narrativo y lírico.
Su padre fue un militar que había sido gobernador de Orán y logró que su hijo fuera admitido como paje al servicio de Carlos III; él, amante de los libros, abrazó el estado eclesiástico. No debería dejar aquí arrinconadas sus intrigas absolutistas y sus obras pedagógicas, morales y políticas de cortesano oportunista para centrarnos sólo en su labor poética, porque creo descubrir el núcleo de toda su escritura en una ambición obsesiva centrada siempre en su monarquismo; obsérvese que su gran poema épico tiene por tema el secuestro del rey Moctezuma por parte de un militar como su padre, Hernán Cortés, y que algo parecido hizo él con Fernando VII, de quien fue primero preceptor (gracias a Godoy, quien creyó poderlo manipular), luego corruptor (insinuando la grandes ligerezas de alcoba, por lo demás ciertas, de su madre la reina, e inclinándolo a Napoleón y a entroncar con una princesa de su estirpe en 1807), conspirador en el motín de Aranjuez e incitador del viaje a Bayona y por fin espía de la incipiente revolución liberal en 1820; un psicólogo tendría mucho que decir sobre todo esto; quede aquí apuntado, si se quiere, de verdad, entender la retorcida personalidad de este manchego. Sea como fuere, alcanzó una sólida instrucción y llegó a dominar las lenguas clásicas, el francés y el italiano, pero no inglés, como alguna vez se ha escrito y fue Gran Cruz de Carlos III en 1808. Estuvo en Francia durante casi toda la Guerra de la Independencia, pero bien advertido Napoelón por Fouché aquel procuró separarlo de Fernando y lo confinó en Bourges. Fue ministro de Gracia y Justicia en 1814, condenado a prisión en Murcia, exonerado de cargos y vuelto a ser ministro de Gracia y Justicia en ese mismo año. Fue luego Consejero de Estado y Bibliotecario mayor. Desde 1817 a 1819 vivió en San Fernando, Cádiz; luego se trasladó a Ronda, desde donde mantuvo informado al Rey de los movimientos del general Rafael del Riego; poco después murió.
Se aplicó a leer la Historia de la conquista de México de Antonio de Solís (1684) y urdió con esta fuente principal, muy cara al gusto neoclásico, pero también la Historia de la Nueva España, escrita por su esclarecido conquistador Hernán Cortés editada por su arzobispo, el insigne Francisco Antonio Lorenzana (México, Joseph Antonio de Hogal, 1770) un poema heroico de intención patriótica con el propósito quizá aparente (ya he mencionado que es quizá obra más personal de lo que parece) de reivindicar la obra de España en América, como declara en su prólogo: “Es preciso satisfacer a las calumnias con que algún escritor nuestro y todos los suyos a una voz han procurado obscurecer nuestras glorias, y en especial las de los conquistadores de América” (I, vii). Ataca la leyenda negra forjada por Las Casas y sus discípulos europeos con argumentos del jesuita Juan Nuix (1740-1783)[3] que pueden resumirse en que España hizo lo que los demás cuando colonizaron, en que los indios no eran inocentes y pacíficos buenos salvajes, sino guerreros y violentos, y en que la crueldad de los españoles fue menor comparada con la historia de otros europeos, pues tuvo gente que defendiera a los indios y protestara de los abusos. Su México conquistada, (Madrid: Imprenta Real, 1798, 3 vols.) luce por héroe central sólo a Hernán Cortés y sigue el modelo del clásico y renacentista madrileño Ercilla y no el del barroco y manchego Balbuena. Se ven a la legua las deudas con el primero, pero también con el Tasso, como apercibió Fucilla;[4] el poema, prosaico en efecto, revela a trechos cierto estro poético y no cabe tildarlo enteramente de “crónica rimada”, como hizo Frank Pierce; incluso llamó la atención del eminente humanista inglés John Mason Good. Los personajes, sin embargo, son planos y aun así poco y convencionalmente caracterizados:

¡Tú también, Bernal Díaz, que la espada
no menos que la pluma manejaste,
que de la gran conquista ejecutada
a costa de tu sangre nos dejaste
la historia fidedigna y dilatada! (Canto II)

Cualquiera que haya leído la Historia verdadera de Bernal no dejará de sentir insatisfactoria esta declaración, y deducirá de ella cuánto más importaban a Escoiquiz las grandes figuras heroicas que las pequeñas. Por otra parte, las historias de amor intercaladas indican la necesidad del autor de acomodarse a los gustos de su tiempo y variar algo el monótono asunto, contrastando fuertemente con el tono bélico general del poema. Es más, ya soplaban otros vientos contrarios a esos afanes imperiales: ideológicamente se le opondría la novela histórica Jicotencal (Filadelfia, 1826), de otro manchego, el ciudarrealeño Felix Mejía, que trata la conquista de Tlascala por Cortés, pero desde la perspectiva de un liberal que defendía los derechos de los indios. Más interés posee la paráfrasis en silvas de los Pensamientos nocturnos del prerromántico inglés Edward Young (un hombre, por demás, de talante muy parecido a él), que es lucida, en sus Obras selectas (Madrid, 1789-1797); sin duda  es lo mejor que salió de su pluma, aunque quizá sea una retraducción desde el francés; no así la del Paraíso perdido de John Milton en silvas (Bourges: Gilles, 1812, 3 vols.), que sigue declarando su afición por la poesía épica culta; tampoco es una versión directa, sino a través de la francesa de Delille, ya libérrima y con tendencia a la paráfrasis, es ampulosa y además suprime alusiones contrarias a la fe católica, en especial del libro III.[5] El pacato clérigo suprime las relaciones sexuales entre Adán y Eva, la caracterización heroica del maligno y algunas referencias de índole pagana.[6] Sus Memorias, publicadas primero en francés (1823) y en castellano por otro toledano, Antonio Paz y Meliá, (1915), completan esta exposición.
El narrador y autor teatral Antonio Marqués y Espejo imprimió un volumen de poemas, Desahogos líricos de Celio, (Madrid: Impr. de Repullés, 1802).
El escolapio Pascual Suárez (Albacete, 1765 - ) participó en la tertulia o academia que se reunía en Albacete en la casa del Conde de Pinohermoso, durante la Guerra de la Independencia, y dejó una colección inédita de versos en manos del padre Pompilio Díaz de San Antón. Si dejamos aparte sus impostadas poesías de circunstancias y que imita a Meléndez, a Moratín y a los clásicos del XVI, como buen neoclásico, son lo mejor de su producción los endecasílabos blancos (pese a que no se libran de la peste del epíteto, lacra de aquel estilo, como supo ver Blanco White) y asimismo los romances, algunos de un buen clasicismo frayluisiano y de sincera raíz, como el dedicado A la señora marquesa de Sonora (1812).
El religioso Nicolás del Pilar Galindo (Albacete, 1772 – 1854), en el mundo Nicolás Galindo, fue un poeta muy popular en su tiempo; profesó en el monasterio carmelita descalzo de San Hermenegildo de Madrid, hoy de San José, y recorrió toda La Mancha y parte de España de convento en convento:

He caminado / por todo el reino / sin ciencia ni arte / más que de lego / y no he gastado / otro dinero / que diez mil coplas / y seis mil cuentos; / y he hallado amigos / muchos y buenos / por todas partes: / cien carreteros / de balde, hermanas / que con esmero / me han obsequiado / y hasta barberos / sin dar un cuarto. / Con que yo puedo / decir que el arte / de sacar versos / debe contarse / como el primero / en los apuros…

Hay poemas  suyos datados en Archena, Vitoria y Alicante; desde 1817 residió en Madrid y en 1834 fue exclaustrado. Poco interés encierra ya su poema de épica culta en endecasílabo heroico Triunfos de la fe (Granada, 1809), pero sí por el contrario su Perrología: obra crítico-burlesca en diez conversaciones, tenidas en la calle de Alcalá por las noches de estío y otoño en Madrid el año de 1819, (Madrid: Imprenta de Espinosa, 1820), nueve romances y un romancillo o endecha final donde, evocando El coloquio de los perros de Cervantes, el autor, que firma como F. T. L. (Fray Tal Lego, por calambur fray Talego, que era como le solía llamar su amigo el Duque de San Fernando, por chanza[7]), pasa revista satírica, costumbrista y política a España poco antes de la revolución de 1820 a través de los debates que sobre sus amos sostiene una pintoresca pandilla de perros madrileños que desvela al narrador.

La igualdad es otra voz / que puede ocasionar yerros / muy grandes porque, si premian / que ha de ser igual el lego / con el que es letrado, el noble / igual al de un nacimiento / bajo y un mendigo con / el que es rico y opulento, / es un absurdo tan grande / como decir que los dedos / de la mano son iguales. / En aquel común derecho / de gentes serán iguales, / como que forman un cuerpo / con la nación o la masa, / pero en guardar los respetos / a cada cual según sea / su clase (por su empleo / por su dignidad,  nobleza / por servicios o talentos) / conforme a lo que merecen / es debido y de derecho. / ¿Fuera razón que igualasen / al necio con el discreto, / con el valiente el cobarde / y el que es malo con el bueno? / De ningún modo, en ser hombres / solamente es el cotejo, / pero al fiel, al cuerdo y noble / se atenderá en todo tiempo; / y el bajo, necio y malvado / siempre serán el desprecio / de los hombres, aplicando / el castigo al que es perverso / con igualdad, es decir, / lo mismo al noble, al discreto / y rico que al mentecato, / al mendigo o al plebeyo.

Estas preocupaciones políticas y sociales se reiteran en sus inéditos catorce Diálogos donde se comenta la Guerra de la Independencia entre 1808 y 1812 por parte del pesimista cónsul inglés de Alicante y un optimista viejo capitán de guardias valonas; a igual glosa de la vida política responden sus inéditos ochenta y seis Diálogos entre Perico y Marica, hermanos y pastores, a las orillas del Tajo, que alcanzan hasta la boda de la reina en 1847.[8]
El periodista afrancesado y abogado ciudarrealeño Fernando Camborda Núñez fundó en Madrid el periódico liberal La Colmena (1820) y escribió contra la prensa usando la misma prensa (La Periodicomanía); en otro lugar he reconstruido un volumen suyo de narraciones satíricas en verso suyo que anduvo manuscrito y ha desaparecido;[9] no podríamos llamarlas apólogos, ya que su intención no es ética, sino deliberadamente satírica o política. Ilustrado desengañado del pueblo, que le depuso durante la Guerra de la Independencia de su plaza de magistrado en Llerena, ridiculiza la ignorancia de los paletos, el egoísmo de las mujeres y la sensualidad del clero:

Era un cura que tenía / en su amante compañía / por criadas dos mocitas / saludables y fresquitas… (“Cuenta ajustada”, en La Colmena núm. 5, 31-III-1820, p. 39)

Las mocitas tenían veinte años, cuando los decretos sinodales advertían que el ama de un sacerdote debía tener por lo menos cuarenta; pero, como el sacerdote dice a su indignado obispo “dos veintes hacen cuarenta”, no sólo en el tute.
La obra poética satírica y política de su amigo el liberal exaltado ciudarrealeño Félix Mejía, conocedor como el anterior de las ideas políticas de Arroyal, es más abiertamente combativa; liberal exaltado, militó en las sociedades secretas de los Comuneros y en la Carbonería, fue cuatro veces encarcelado y una secuestrado, y sufrió un intento de asesinato y varios retos a duelo.[10] Ningún periodista del primer tercio del XIX fue tan odiado por los moderados como él y sus diatribas en El Zurriago y otros periódicos obligaron a reformar la ley de imprenta. Pero aquí hay que señalarlo como el poeta y articulista que apuesta por la implicación de la lengua oral y viva en el discurso, el artículo de prensa y la sátira, y como el revitalizador del género de la letrilla crítica, a la que cargó de más contenido político y social que moral. Asimismo, usó ocasionalmente el folk-lore e incluso el dialecto de  la región manchega, aunque con intención satírica, como en el poema “A los entendíos”:[11]

Cualsiquiera que sepa presinase / y haiga sido cristiano de nacencia / es imposiblemente que repune / dar diezmos y premicias a la iglesia. / Este es el punto principal, queroque, / para hacer el desamen de concencia: / que no hay ausolución de que se enculta / del grano arrecogido, media hanega. / Y si juera el dicir que lo que paga / Juan Probe, verbo y gracia, no aprovecha  / a naide; estonces vaya con mil diablos; / pero de que se sabe que estas rentas / se las llevan merinos y presonas / que son del mesmo aquel que los Vinuesas, / es preciso que digamos resinados: / nosotros si que semos las ovejas (El Constitucional. Correo General de Madrid, núm. 59, 28-IV-1821, p. 241).

            En la poesía patriótica logra alturas considerables, de un patetismo desolador, como en “A la muerte de Juan de Padilla”.[12] En su lucha constante contra los involucionistas, a veces tiene expansiones líricas de un cierto desaliento, como en “Carta de un español a los Comuneros españoles”. Síntesis de toda una vida de combate contra la censura de prensa, bien podemos tomar esta décima como su credo:

Una opinión no es delito
mientras queda en opinión,
ni muda su condición
ser hablada o por escrito.
Obra sólo en su distrito,
que es el del entendimiento;
si forma el convencimiento,
la culpa es de la verdad;
y, si no, su falsedad
cede a un mejor argumento.[13]

            Alfonso García Tejero (Consuegra, 1818 – Madrid, 1890) es un seguidor de Mejía, a quien pudo conocer personalmente en 1845 en la redacción de El Eco del Comercio; desarrolló su carrera literaria en España y fue plenamente romántico por la época posterior que le tocó vivir. Padeció persecución y cárcel toda su vida por sus insobornables ideas democráticas y tuvo que subsistir entregado al continuo trabajo literario y a los folletines para salvaguardar su independencia. Por eso se muestra algo irregular, aunque sus logros, cuando altos, son admirables; podemos admirarlo justamente como un Lorca de los suburbios, un auténtico y desgarrado escritor social.

...Porque un pueblo emancipado
antes prefiere morir,
que contemplar como siervo
escarnecidas sus leyes
por la saña de los reyes,
cuyo afán es oprimir.
    El feroz Carlos primero,
un príncipe advenedizo,
pedazos rabioso hizo
el derecho popular.
Aquel que ahogó de Padilla
y de Bravo y otros ciento
el noble, mágico acento
que resonó en Villalar.


(“El vascongado”, en El cantor de las montañas. Leyendas populares, Madrid: Imp. de la Soberanía Nacional, 1855, p.  176-177)

            García Tejero siente la opresión de los más humildes y del pueblo castellanomanchego en general, y ansía un gobierno plenamente democrático para él:

Para Castilla, / donde nací, / amado suelo, / mi patria, en fin, / yo también pido / tu ley civil, / tu ley benéfica, / digna de ti. / ¡Quieran los cielos / llegue a regir! (íd., p. 180)

Escribió artículos, biografías, leyendas, poemarios, dramas históricos, sátiras… Su obra reclama reediciones y un estudio minucioso que no puedo sino esbozar aquí y espera una ulterior monografía, que, sin duda quedará corta.[14] Es sin duda uno de nuestros mejores poetas en cuanto a invención y dominio del verso. A mí me ha impresionado en particular su originalidad y autenticidad en libros como  La biblioteca de un ciego (1849), donde hay verdadera inspiración en la lírica popular (rural) y en la callejera (urbana), a la vez que asume la tradición culta del Siglo de Oro (Lope, Góngora, Quevedo, Baltasar del Alcázar), un lenguaje realista, incluso con algún que otro mancheguismo, rico en registros, humor, ingenio, sensibilidad social ante la injusticia y una síntesis original de lo mejor de Espronceda y de Zorrilla, con preferencia por el romance y el género de la letrilla, pues domina los versos cortos. En este libro crea un heterónimo, el ciego Lázaro Brocha “Matacandiles”, del Avapiés, barriobajero y bohemio, violinista y poeta romanceril, que ataca sin piedad la vida madrileña y la injusticia. De tema manchego en este libro tenemos , por ejemplo, “Un teatro lugareño”, “Juan el Santero” o “Las hilanderas de mi lugar”. Una sección del libro asume la lírica popular manchega: “Vayan dos seguidillas, / que soy manchego, / a un lado las letrillas”. Hay cuadros de género, descripciones de tipos populares no burgueses, como banderilleros, sastres remendones, zapateros, e incluso marginales, como los caballeros de industria, todos tomados del natural; invitaciones a la paz en la guerra civil (“De un poema”, p. 259-262) y ataques contra los señoritos y acaparadores que especulan con el trigo a costa del hambre del pueblo.[15] Amante de las mujeres, pero poco proclive a atarse, canta “a las damas  de escoba y estropajo”, como otro Lope/Burguillos; la inspiración lopesca se muestra también en su composición de un soneto sobre el soneto “A una presumida”. No menos interesantes son sus otros libros líricos, en los que transmuta géneros románticos como la leyenda en una denuncia completa y definidamente social.[16]  

            El anónimo J. de Aguilar, a quien he identificado como el enigmático sinólogo José de Aguilar, amigo del famoso Sinibaldo de Mas y cónsul español en Hong Kong,[17] seguramente alcazareño, imprimió en Ciudad Real un poema narrativo en cinco cantos titulado Sebastián casi inencontrable hoy, que constituye su única obra poética conocida y resulta no poco interesante; narra las aventuras del marinero gallego que le da nombre y es realidad un folletín posromántico; pero la vigorosa descripción que ofrece de un tifón del mar de China y el diestro manejo del verso hipercorto, para el que se valió de los avances métricos de Sinibaldo de Mas y del precedente de Espronceda, lo ponen muy alto entre los logros de esta estética en La Mancha. Se trata de una narración amena, abierta y variada como su modelo, que es El diablo mundo de Espronceda. Aunque es polimétrica, dominan la octava real y la silva. Su ideología es claramente liberal.[18] 


La estructura es también original: el poema empieza por el final, con un flash-back que describe una formidable tormenta que prueba la fe de los marineros de un barco que regresa a Europa desde China; al final Sebastián, que ha cometido todo tipo de crímenes, se salva. Tras esta introducción, el canto I narra cómo el joven Sebastián se fuga de su casa en El Carril llevándose el dinero de su familia y viaja hacia Vigo; un bandolero le despluma, por lo que tiene que pedir limosna y, ante el poco rédito que obtiene, decide robar, siguiendo el consejo que le dio el bandolero; luchando con su víctima la mata, pero obtiene botín y se enrola en un barco griego. En el segundo canto llega a Jerusalén, descrito extensamente. Allí se enamora de una circasiana, Salem, y, tras dilapidar su dinero, lo deja y Sebastián se enrola como soldado. En el tercer canto es ya alférez, y lo celebra emborrachándose con sus compañeros en un burdel y montando una orgía; en ella una disputa por celos termina con un duelo. El canto cuarto empieza con Sebastián en la cárcel esperando consejo de guerra y entregado a lúgubres meditaciones que evocan a Calderón:

    ¿Qué es la vida?
Pregunta el desgraciado
y el infeliz, en su dolor profundo,
se responde a sí mismo:
“Es un naufragio
en el undoso mar que llaman mundo:
fantástico camino
de espinas, encubierto con mil flores,
de infinitos rigores;
una copa, que el hombre, fascinado,
apura hasta las heces en su daño,
y su dulce licor emponzoñado
le proporciona triste desengaño.”
Y ¿qué debemos esperar del mundo…?
“¡Nada! Nada, si obramos como sabios.
    Cual vosotros feliz, también he amado
y me he desengañado,
que el amor es quimera.
¡Ay! De mi suerte consolarme necio
pensé con un amigo…
En él deposité mi confianza
¡y para mí tornose en enemigo…!
Quise anegar mis penas en el vino
y conseguí por fruto
convertirme en un bruto.
    Puesto que amor en la mujer no hallo
me dije ya: “Tras del placer corramos”.
Y traté de buscarme aquí un serrallo.
Corto tiempo gocé y, al fin y al cabo,
¡de mi naturaleza fui [el] esclavo!
¡¿Y son estos los goces, sin embargo,
que hacen al hombre idolatrar la vida?!
¡Pobre en placer y en el dolor fecundo
es el dorado mundo!
¡Y nida tela de dolor tejida
es la mísera vida!
¿Qué, pues, debo esperar ya…? Nada, nada,
sino el feliz momento
en que dé fin la muerte a mi tormento (pp. 60-61.)

Es condenado a ser fusilado; pero cuando está ya a punto ante el piquete es atacado el destacamento y toma el mando de sus hombres para repeler la agresión; en medio del combate se apodera de un caballo y huye. En el canto quinto, tres años después, lo vemos bajo otra bandera con el grado de capitán y vuelve a Europa, a París, donde vive amancebado con una prostituta y participa en un negocio de trata de negros con el capitán de un barco atracado en Marsella. Pero fueron atrapados por los ingleses y termina en China; se enrola en un barco y termina la narración con el ciclón con que se abre la obra.

Al escritor, juez, político y periodista Octavio Cuartero Cifuentes[19] (Villarrobledo, 1855 - 1913) se le debe el poemario Borradores y apuntes (ensayos en verso), prologado por Fernanflor, Ignacio Fernández Flórez, cuya segunda edición es de Madrid: Librería de Fernando Fe, 1885. Se trata de uno de los mejores libros poéticos del Posromanticismo manchego; incluye la larga silva autobiográfica “Memorias de un loco”, dedicada a su amigo el actor y escritor Antonio Vico. En ella aparecen bien expresos los ideales éticos y sociales de un hombre herido por la injusticia: 

También habría Cervantes,
en mi lugar, Quijotes encontrado;
pues ahora, como antes,
es un tipo que está bien conservado.
Sólo que hoy son quijotes sin blasones
cuyo origen ocultan mil amaños,
pues destripaterrones
eran los más, hace muy pocos años.
Gente infeliz, que ansía una venera
y odia la libertad y lo moderno,
cuando sin Mendizábal no tuviera
templado hogar en desabrido invierno
y caza y distracción en primavera.
Plebeyos que olvidaron lo que han sido
y, antes que defender al desvalido,
y aliviar las humanas desventuras
y romper la opresión del oprimido
y desfacer agravios y torturas
imitan de tal modo al galeote
Ginés de Pasamonte o Ginesillo
que temo que mi pueblo se alborote
cansado de sufrir a tanto pillo.
No así es el menestral,
no así el labriego,
noble, sencillo, franco, bondadoso,
amante del trabajo y el sosiego
nunca servil y siempre respetuoso.
Digno ejemplo del estado llano
que fue honra y prez del pueblo castellano:
altivo con los fuertes y abatido
ante el humilde, o triste o afligido.


(“Memorias de un loco”, II, pp. 13-14.)

Lamenta cómo la Arcadia manchega ha desaparecido ya y en su lugar “crece en la aldea / irritante injusticia, despotismo, / perfidia innoble, intriga vil y fea, / crasa ignorancia, bárbaro egoísmo, / artes que da vergüenza referirlas, / enojo verlas, ira consentirlas”:

A cada paso un pobre, un artesano
víctima del cacique sin entrañas
encanallado, zafio e inhumano
era vejado con las ruines mañas
de este señor feudal de canto llano;
y llenaban mi alma de amargura
ora el gobernador, o el juez o alcalde
al decirme con cínica frescura:
-¿Ir contra Don Fulano? ¡Qué locura!
-Déjese de gastar saliva en balde.
Para algún sacerdote, sus deberes
eran la caza, igual pluma que pelo,
cuidar más de la tierra que del cielo,
divertirse con naipes y mujeres
e intrigar el honrado matrimonio
sirviendo tanto a Dios como al Demonio. […] 


Más de un rico ganaba propiedades
alterando mojones y linderos
y otro, cansado ya de iniquidades
o de procedimientos tan arteros,
fomentaba riqueza y posesiones
dejando de pagar contribuciones
y echándolas a pobres jornaleros.
La influencia oficial se disputaba,
ya para atropellar al desgraciado,
ya para deshonrar al que estimaba
su derecho o su honor bien heredado
y digno protestaba
contra el cacique bárbaro y menguado.


 “Memorias de un loco”, IV, pp. 23-25.

El libro tuvo éxito y se reimprimió cinco veces ese mismo año; hay ecos del mejor Bécquer en la sección “Dejos”, y otros poemas muy logrados; sin duda la alta conciencia ética de su honesto autor ocupa un alto puesto entre nuestra lírica regional. No he podido leer, pese a mi persecución, Celajes de Otoño (1909), obra demasiado cara para mi menguado presupuesto.

Mariano Roca de Togores y Carrasco, marqués de Molíns y vizconde de Rocamora, (Albacete, 1812 – Lequeitio, 1889)[20] ha sido una figura marcada en su tiempo por muy vistosas y sin duda algo interesadas alabanzas, acaso ponderaciones acumuladas por su condición de político canovista, tertuliano y poderoso director de la Real Academia; cumple revisarlas y ajustarlas a verdad. Desde muy joven desarrolló su carrera en Madrid y se formó con el famoso Alberto Lista, en contacto con los miembros del Parnasillo romántico, desarrollando una carrera política que muchas veces le vedó proseguir la literaria. Su poesía, sin embargo, aparece muy distante de de Espronceda y los demás románticos de su generación. Su público, por ejemplo, es restringido, no universal: casi todos sus poemas aparecen dirigidos o dedicados a personajes de la nobleza o a literatos eminentes y en muchas de sus obras aparecen muy visibles las preocupaciones genealógicas. Aquí y allá pueden espigarse pasajes que demuestran su desconfianza ante el pueblo,[21] por ejemplo, cuando ése intentó asaltar su casa en la Vicalvarada y tuvo que emigrar a Roma y a París en 1854:

Cuando el golpe de gente vocinglera, / que en densa oscuridad crece y se agita,  / enciende impune la voraz hoguera;  / cuando, al son de blasfemias que vomita,  / cuadros, estatuas rompe, el santo y caro / menaje en el incendio precipita... / ¡Tente, pueblo infeliz!... Deja que, avaro / yo de tu gloria, con el sabio dude / si con ese fulgor verás más claro... / ¡Inútil razonar! Mi umbral sacude / la turba, y la alta puerta se desquicia.. (“Recuerdos del expatriado”, en Obras poéticas de don Mariano Roca de Togores, marqués de Molíns, de la Real Academia Española. Madrid: Imprenta de Tejado, a cargo de Francisco de Robles, 1857, 2.ª ed.)

            Al lado de poemas de circunstancias, muchos francamente malos, hay otros en el Marqués de Molíns que reflejan una cierta vida interior; pero sus ideales son siempre tradicionales; frente a la amoralidad de Espronceda y su blasfemar contra Dios y el Diablo, el fondo religioso y católico de Roca de Togores aparece sólido al lado de un fondo ético esencial. Su amor no es el libre, sino el conyugal, y el dramatismo lúgubre del soneto “Mi destino” parece escrito por otra persona si lo confrontamos con el resto de su producción.[22] Fuera de los tercetos del citado “Recuerdos del expatriado”, justamente alabado, están entre sus mejores poemas “Al Conde-Duque de Luna”, datado en 1831, donde le pide que abandone la ociosidad y escriba literatura de nuevo, evocando a algunos autores manchegos (don Marcelino Aragón Azlor Fernández de Córdoba estaba casado con la hija del toledano marqués de Malpica):

    Así pulsaba de Marón la lira
por climas diferentes
el fecundo Balbuena y las cabañas
celebraba; y la ira
y empresas eminentes
y del fuerte Bernardo las hazañas:
solaz precioso que a su genio daba
mientras la grey de Cristo apacentaba.
   Entre el estruendo de las armas bronco,
despreciando de Marte los horrores
y del fiero arcabuz el trueno ronco,
Garcilaso cantaba los pastores;
y en tanto que de flores
sus sienes blandamente coronaba,
digno alumno de Erato y de Belona,
con valor peleando, entreligaba
el bélico laurel a su corona.
Muere, y le venga Carlos el Primero
flébil poeta, impávido guerrero. (Op. cit.)

            Igualmente hermoso (y original: recuerda al famoso soneto de Gerardo Diego “Insomnio”) es el poema “El insomnio. Fantasía nocturna” (1837) perteneciente a la serie “Fantasías”. El poeta, desvelado como un fray Luis en la noche por sus preocupaciones, contempla dormidos a los demás y en sus gestos y las posturas que adoptan al dormir averigua la verdad de sus almas, para al fin acostarse abrazado a su mujer:

El remoto Chimborazo
¿qué me importa, ni el tesoro
del Perú,
si yo alcanzo con mi brazo
todo, todo cuanto adoro,
que eres tú?

            En la obra de don Mariano Roca de Togores pueden advertirse algunos pasajes que llegaron a influir en Bécquer:

Vuela entre tanto do se agita inquieta
dama gentil entre cendal y pluma,
y el velador delirio que la abruma
en tu vuelo fugaz cambia y sujeta


(“Los ensueños, fantasía nocturna a la marquesa de Santa Cruz”, op. cit., poema datado en 1847)

            Donde podemos adivinar el comienzo de la rima LX: “Cendal flotante de leve bruma, / rizada cinta de blanca espuma…”; así también en el madrigal dedicado a Eugenio de Ochoa “Adiós de la juventud” (op. cit., p. 275). Por otra parte, poemas repentizados pueden revestirse de una premonitoria profundidad, como “Improvisación en un banquete dado en París en celebridad del Convenio de Vergara”, que lamenta el sinsentido de los seis años de la I Guerra Carlista, que tanto afectó a La Mancha:

    Mas si con furor violento,
por saciar codicia extraña,
pueblan los hijos de España
uno y otro campamento;
    cuando el clarín llamará
a fratricida pelea,
habrá quien vencido sea,
pero quien triunfe no habrá.
    No; que da menguado honor
laurel que regado ha sido
con la sangre del vencido
y el llanto del vencedor;
    y los días que vendrán,
de gloria dichosa acaso,
aun antes que en el ocaso,
en el olvido caerán.
    Que en la civil disensión
no pertenece la gloria
al día de la victoria,
sino al día de la unión.  (París, 1839)

            En la sección “Romances Jocosos” hay uno que resulta especialmente cómico, y de valor costumbrista: “Los inconvenientes de la poesía” (1830), que narra en tono admonitorio las dificultades y problemas que da el ser poeta a un joven que pretende llegar a serlo, y también poseen bastante gracia las décimas esdrújulas dedicadas a Larra. Los romances históricos hacen gala de gran vigor narrativo, en especial “Enrique de Trastamara en Bañeras, 1367”. Por otra parte, el canto épico “Cerco de Orihuela por don Pedro el Cruel, año 1365”, en octavas reales, carece de fuerza a pesar de su estilo preciosista, retórico y lleno de reminiscencias de la poesía clásica del Siglo de Oro (Ercilla, Balbuena, Góngora…), y resulta demasiado pedante.
            Ya he mencionado el neopopularismo costumbrista de Manuel Jorreto Paniagua y otros autores; remito a ese pasaje. En cuanto a la poesía de Santos López Pelegrín (Cobeta, 1800 – Madrid, 1845)[23] hay que leerla como muy marcada por el influjo de fray Luis de León, al que se superpone el espíritu romántico; su libro Poesías de Abenámar (Madrid: Boix, 1842) aparece definitivamente como una recolección ecléctica de diversas corrientes y estilos del Romanticismo realizadas por un autor muy diestro y talentoso (algunas incluso tan antiguas que recogen neoclásicas imitaciones de las anacreónticas de Meléndez); que este carácter vicario o ancilar no se escapaba al propio autor lo demuestra el prólogo que impuso a su volumen: “Se encuentra mezclado y revuelto lo serio con lo alegre, lo filosófico con lo ligero y lo profano con lo sagrado, que, según Cervantes, es la peor de las mezclas que en humano entendimiento cabe. Pero hay otra razón, y es la principal que he tenido para ello. Además de haber seguido en esto el ejemplo de mis gloriosos antecesores, los poetas que han publicado sus obras antes que yo […] revolví mis borradores y me sucedió con ellos lo que con los melones sin curar; no me gustaron. Tentado estuve de volverlos a encerrar, pero me acordé de que todo se imprime, y juntando lo antiguo con lo moderno, hice un lío a guisa de talego de lavandera, y di con él en la imprenta.” Se atreve a competir con José de Espronceda en poemas como “El mendigo” o “Al Sol” y evoca el ejemplo del Duque de Rivas en los romances de tema histórico como “Almanzor” o “El Cid desterrado” entre otros, que, sin embargo, son más sueltos y parecidos a los antiguos que los de su modelo; más evidentes son los ecos frayluisianos en “Todo se opone a que el hombre sea feliz”, “Oda a la música”, “A la soledad” y “Oda a la libertad”, que se identifican íntimamente con el estro del autor:

    A su sabor se mece el águila
jugando con el viento,
y sube y desparece
y allá del firmamento
vagorosa recorre el pavimento.
    Y ya recoge el vuelo
y arrójase a la tierra arrebatada
y llega al bajo suelo,
y mira a la enramada
y en la encina mayor queda sentada.
    Feliz en todas partes,
constante sigue su vivir primero;
sin leyes y sin artes,
sin trabas, sin dinero....
libre, libre vivir también yo quiero.

Dominan las liras y las estrofas aliradas en su estilo y los resabios de literatura clásica: Catulo, Horacio, etc. Resplandece el amor a la naturaleza y al sosiego en poemas tan humildes como “La hormiga”. Hay también un nihilismo de fundamento sensista en “El placer propio es la única causa de las acciones humanas”, que termina con un significativo

Sólo, sólo el placer. Ley inmutable
que rige eterna al universo entero:
por él los seres gimen;
placer es la virtud, placer el crimen

Parece algo descontextualizado. López Pelegrín identifica poesía y vida:

Que del poeta la vida
clavada en sus versos va,
y allí con ellos unida
del hacha del tiempo herida
jamás su vida será;
y allí con sus versos vive
la perseguida verdad;
si crimen, si amor escribe,
para vivir los recibe
del tiempo, la inmensidad  


(“El poeta”, op. cit. p. 75)

Hay un incurable idealismo romántico en la poesía de López Pelegrín:


Otro mundo mejor mi mente habita;
un mundo sin verdades,
sin rencores, envidias, ni maldades.


En poemas como “El océano” el universo se presenta en él como misterioso, eterno, inescrutable, y por eso merece la pena; en “La guerra” aparece evidente la alusión a la contienda carlista:

    El hombre, polvo en la tierra,
ampolla de vanidad,
que el leve soplo del viento
para siempre deshará.
    El hombre que vive un día,
y un día de crudo afán,
y en ese día que vive
quiere a su hermano matar.
    Y afila para embotarlo
el fratricida puñal
que siglos de llanto y luto
a cien familias dará.

A una inspiración semejante obedecen “La libertad de Bilbao” y  “A mi patria”, similar en ciertos aspectos al “A Italia” de Leopardi, que seguramente no conocía. Una obra maestra es el romance “El sabio”, que anticipa la rima IV de Bécquer y evoca las barquillas de Lope de Vega; “La inteligencia” pregona una revolución que acabe con todos los gobiernos tiránicos. Anticlerical se muestra “La víctima del claustro”, en que lamenta con genuina indignación y dolor tantas vidas femeninas echadas a perder tras los muros de un convento en la persona de una pobre novicia; sin duda es la mejor narración del volumen. El libro concluye con dos epilios; el primero es de épica burlesca: “Batalla de los capotes con las capas”, en silvas, muy logrado; el segundo “La religión”, más extenso y documentado con notas, es un intento de interpretar la historia con criterio religioso desde Adán a la Crucifixión, aunque no alcanza las alturas místicas de los monólogos dramáticos del gran poeta suicida Luis Antonio Ramírez Martínez y Güertero, "Larmig".

José Borrás y Bayonés (Toledo, 1865 – 1918) fue periodista, narrador y poeta y, en general, un entero hombre de letras.[24] Como poeta destaca por su humor y se mostró como un gran pasticheur y donoso autor de parodias en su libro Puntos suspensivos: Versos serios y festivos (Madrid: Librería de A. de San Martín / Librería de Fernando Fé, 1891), Los ojos negros, (Valladolid, Tipografía de Hijos de J. Pastor, 1893)  El convento: poema Valladolid: Imprenta, librería y encuadernación de Agapito Zapatero, 1885,  Pajaritas de papel (s. l.: s. n., s. a., pero Madrid, 1889), en El Libertador del Diablo: Leyenda de Valladolid (1885) y en otros desperdigados por la prensa:

Del estante en un ángulo oscuro,
guarecida del frío y la escarcha,
entre un ruso y un chal de merino
había una capa.
¡Cuánto polvo dormía en sus pliegues
desluciendo sus bozos de grana!
¡Pobrecilla! ¡Tan joven... tan linda
y estaba empeñada!
-¡Ay! -pensé- ¡Cuántas veces la pobre
por el suelo miró su esperanza,
al pensar que su dueño adorado
iría a sacarla!...


(La Voz de Peñaranda núm. 912,  24-11-1895).

No lo tuvo tan fácil el abogado Luis García-Herráiz Enguidanos (Villanueva de la Jara, 1844 – Albacete, 1921), trasladado a Albacete desde el mismo año de su nacimiento. En Lo Manchego. Páginas en verso. (Albacete, 1876) contradijo el arcadismo bucólico con que contemplaba la región La Manchega del Marqués de Molins  y se alineó con la postura crítica de Camborda y Mejía. Su patria chica le hacía sufrir por los males sociales más arraigados: caciquismo, señoritismo, incultura, clericalismo… No hay que adscribirlo a línea regeneracionista, como se ha hecho, ya que es un movimiento objetivo y de pensadores y ensayistas que propone medidas para paliar estos males; su visión subjetiva y artística lo alinea como un precedente del 98, al lado de otros poetas manchegos como Antonio Rodríguez García-Vao. Se ha hecho justamente célebre su poema “Breve Vocabulario”:

Hay que aprender, para cruzar la Mancha,
los siguientes vocablos:
"Ende, mentres, orrite, daquia y diquia,
mesmo, dimpués, orete, cuala y cualo,
denguno, tuico, aluego, pos, coroque,
Ciézar, Madril, reptificar, piazo,
cirilla, golver, malacatón, jujero,
cábida, tanimientras, tanitanto,
veis (por id), semos, arricar, borrucho,
miusté, misté, miatú, mielusté y míalo”.
Pregunto yo: así como
decimos manco al que le falta un brazo,
¿cómo decir debemos
a quien le falta en el cacumen tanto?


(Lo manchego, p. 139-140)

El librepensador Antonio Rodríguez García-Vao (Manzanares, 1862 – Madrid, 1886)  fue uno de esos periodistas, poetas y narradores que dejan más huella al morir que al vivir, porque lo asesinaron en Madrid y el hecho causó una sensación tan grande que se convirtió en un punto de referencia generacional; era visto como un joven que prometía muchísimo, un puntal de la Masonería; algunos entendieron que había sido asesinado por su anticlericalismo, lo que suscitó enormes controversias.[25] Gran admirador de Emilio Castelar, su amigo, el por entonces socialista Miguel Unamuno, le gastaba bromas sobre ello, ya que difícilmente podía conjuntarse un radical como el manzanareño con un contemporizador como el viejo republicano; Joaquín Dicenta y Francos Rodríguez  recuerdan a su antiguo contertulio en sus libros de memorias; también lo hace Pío Baroja y otros escritores menores. Yo trataré sólo de su obra poética y ensayística. La primera se contiene principalmente en Ecos de un pensamiento libre. Poesías de Antonio García-Vao, con un prólogo por Demófilo [Madrid: Imprenta de Celestino Apaolaza], 1885. He visto también una segunda edición “corregida y notablemente aumentada”, con el mismo prólogo. Madrid: tipografía de Alfredo Alonso, 1886; la colección carece de algunos textos que pueden localizarse en uno de los periódicos de los que era redactor, Las Dominicales del Libre Pensamiento, dirigido por el también manchego Fernando Lozano Montes, que era de Almadenejos y es uno de los grandes periódicos del pensamiento socialmente avanzado de la época.

García-Vao vio truncada su vida en edad demasiado temprana como para poder haber configurado una trayectoria poética, pero su vocación lírica fue auténtica, a juzgar por el caudal que ha quedado, y alcanzó cierto reconocimiento en los círculos académicos en que se divulgó, ganando algunos premios.[26] Cierto es que coexisten poemas flojos con otros muy logrados, pero el conjunto sobresale no poco. El autor manchego demuestra un marcado y original culturalismo frente a lo que es común en poetas de su tierra y hace ver una personalidad ya hecha y una inteligencia penetrante, imbuida de carácter democrático y librepensador, a contracorriente del devocionalismo y tradicionalismo con que la crítica reaccionaria ha querido definir a sus coterráneos manchegos. En las piezas más débiles se deja sentir la imitación de modelos clásicos del Siglo de Oro.[27] También son perceptibles en su estilo ciertos dejes de retórica tradicional, como el abuso de geminaciones y trimembraciones, que no son de extrañar en un escritor que se sabía de memoria párrafos enteros de los Discursos de Castelar, pecantes de lo mismo. Su tono es, sin embargo, sencillo, pues sólo le importa la forma que tiene que ver con el apaladinamiento de la idea, y existe una vena poderosa de Romanticismo liberal, por lo que rinde homenaje a Víctor Hugo, a quien dedica algún poema. Anticipa a Antonio Machado en el uso de algunos de los símbolos masónicos como la luz, etc..., en los temas y en el estilo; es más, incluso parece tener Antonio Machado alguna deuda con él poemas concretos; desde luego, sabemos que Antonio Machado Álvarez escribió en Las Dominicales del Libre Pensamiento, como periódico que era favorable a la Institución Libre de Enseñanza.  Entre los amigos y colaboradores a los que dedica alguna pieza estaban su coterráneo, el manchego Fernando Lozano, el francés Pedro Gabastou, a quien dedicó la única colección de versos que publicó póstuma, los Ecos de un pensamiento libre, y que no he logrado identificar; José Francos Rodríguez; Ramón Chíes, codirector con Lozano de Las Dominicales; sus tíos maternos Pedro García Vao y Martín García Vao;[28] los profesores Emilio Castelar y Miguel Morayta y el clérigo anticlerical José Ferrándiz, más conocido por su seudónimo Constancio Miralta. A ellos cabría añadir algunos de la bohemia y del futuro grupo Gente Nueva, como el que sería famoso Joaquín Dicenta Benedicto, bohemio que por entonces se moría de hambre y leía a quien podía un poema magnífico, Prometeo, que no  se encuentra entre los que reunió para su único libro lírico.

La obra lírica de García-Vao reclama un estudio completo que sólo voy a esbozar aquí. Se encuentra recogida en parte en las dos ediciones de Ecos de un pensamiento libre (1885 y 1886). Otros poemas no fueron recogidos por descuido (El monaguillo) o porque fueron publicados por separado (El castillo de Manzanares, Un cuento de Boccaccio) o en otros periódicos (A Espronceda). Lo primero que llama la atención es su claro aliento patriótico y regeneracionista; recuerda en muchos aspectos Campos de Castilla de Antonio Machado, pero el verso del manchego reclama una mayor universalidad:

Arriba, la razón y el heroísmo,
la verdad, la virtud, el bien, la calma;
sólo abajo el error y el fanatismo,
la tiniebla espantosa del abismo
y la negrura sin igual del alma.

Pensamiento, a luchar, ya que eres fuerte
y en pos de la ilusión por mí querida,
a buscar la verdad; pero de suerte,
que ayudes a la voz que dice ¡vida!
y apagues el rumor que clama ¡muerte!

Que si no vas con militar arreo
ni con lucientes casco y armadura,
la lucha es de titán, y Prometeo
a tu lado ha de ser pobre pigmeo
y su llanto menor que tu amargura. (...)

Amor y libertad, turbión que avanza
y ha de arrollar en impetuosa huida
la negra nave que a zarpar no alcanza:
con libertad el hombre, ¡cuánta vida!
y el alma con amor, ¡cuánta esperanza! (p. 17-19).

Como Antonio Machado más tarde, Antonio Rodríguez García-Vao no quiere cantar el pasado de España, sino un futuro de progreso:

No he de cantar, no he de cantar ufano
la gloria y esplendor de otras edades,
baldón tal vez del pensamiento humano.
No entonaré alabanzas
a poderes que el tiempo ha derruido,
ni a flores que el progreso ha marchitado;
canten otros las guerras y venganzas,
los terribles horrores del pasado;
cántico que ha de ser eco perdido
que ensalce engañadoras esperanzas.
Yo canto, sí, del porvenir la suerte;
yo ensalzo, sí, la libertad querida:
cantores del ayer, cantad la muerte;
yo, hijo del siglo, cantaré la vida. (“Víctor Hugo”, p. 27)

En las páginas de Las Dominicales del Libre Pensamiento que redactaba García-Vao aparece la firma de Antonio Machado Núñez, abuelo del famoso poeta, y aparece siempre el anuncio de la Institución Libre de Enseñanza. La vinculación de Antonio Machado con esta publicación y en concreto con García-Vao aparece como evidente. Cuando publicó la famosa elegía a su maestro Francisco Giner de los Ríos en el semanario España (Madrid, 1915-1924), fundado por Ortega y Gasset,  en el número de 26 de febrero, en memoria de su fallecimiento nueve días antes, escribió:

    Vivid, la vida sigue,
los muertos mueren y las sombras pasan;
lleva quien deja y vive el que ha vivido.
¡Yunques, sonad; enmudeced, campanas!

Hay un poema de García Vao donde el simbolismo de los yunques y las campanas aparece bien definido, “La fábrica y el templo”. El contraste entre la fe y la razón, entre la iglesia y la fábrica sirve para construir el poema:

El templo de la fe gigante eleva
su torre audaz entre lo azul del cielo
y la fuerte campana al viento lanza
sus penetrantes ecos. (...)
Ese ronco sonido que se escucha
del fanatismo es voz, hondo lamento
de agonizante fe, que al extinguirse
no halla un consuelo (...)
Chocar de yunques y rumor de ruedas
se escuchan con placer y gozo inmenso
al gemir la materia; de la industria
en el glorioso templo (...)
Los nobles sacerdotes del trabajo
sin oraciones, sin ardientes rezos
componen, transformando la materia,
el himno del progreso.

Hay poemas consagrados a la República, a Mariana Pineda (“su crimen fue bordar una bandera, / y amar la Libertad fue su delito” , p. 37), a “Un mártir de la idea, Giordano Bruno”. El simbolismo lumínico, de raigambre dieciochesca, típicamente masónico y constante en la obra de Machado, aparece también; la hoguera de Bruno, “frente a un mundo de sombras y de errores / otro de luz y de verdad proclama”. (p. 40). Identifica, por otra parte, la casa natal con el sol en su poema “La salida de la patria”:

    ¡Patria! En el postrer reflejo
del sol que al mundo ilumina
y esplendoroso camina,
mandaré filial suspiro
que a ti llegue en raudo giro
trasponiendo la colina.
Cuando allá en remota playa,
devore mi sufrimiento
daré algún suspiro al viento
para que a mi patria vaya  (p. 44-45)

Las redondillas del poema “Luz y sombra” son muy significativas:

    Hora es, pueblo, que el capuz
que aún te envuelve y aún te asombra
rasgue un rayo, y que su sombra
se convierta en clara luz. (...)
    Los que en la verdad navegan,
los que en el error se abrasan
son estos sombras que pasan
aquellos soles que llegan.

Muy evocadora de ciertos versos de Antonio Machado es esta redondilla de esta misma composición:

    ¡La libertad! Noble idea
que cuanto toca lo encumbra,
y es como el sol, porque alumbra,
y es como Dios, porque crea. (p. 54-55)

En las cuartetas de Anoche cuando dormía, escribe el poeta sevillano:

    Era ardiente porque daba
calores de rojo hogar,
y era sol porque alumbraba
y porque hacía llorar.
    Anoche cuando dormía
soñé, ¡bendita ilusión!,
que era Dios lo que tenía
dentro de mi corazón.

Los tres símbolos del poema machadiano se suelen identificar con las tres virtudes teologales, fe esperanza y caridad; pero en el poema de García-Vao, donde también aparece una fuente, esta se identifica con el progreso; los tres elementos que aparecen en el poema, no evocados, sino claramente citados, son la revolución, la libertad y el progreso. Bien es verdad que el elemento anecdótico fue cuidadosamente extirpado por Antonio Machado de sus solipsistas Soledades, y así lo declaró. Escribe a continuación de la estrofa citada el manchego:

    ¡El progreso! ¡Bien divino
gota fue de humilde fuente,
y hoy es férvido torrente
que arrastra dique mezquino (p. 55)

Es “El mañana efímero” de Antonio Machado un poema que tiene correlato en “El convento” de García-Vao:

MACHADO:

Un rojo sol corona
de heces turbias las cumbres de granito;
hay un mañana estomagante escrito
en la tarde pragmática y dulzona.

Mas otra España nace,
la España del cincel y de la maza,
con esa eterna juventud que se hace
del pasado macizo de la raza.
Una España implacable y redentora,
España que alborea
con un hacha en la mano vengadora,
España de la rabia y de la idea.

GARCÍA-VAO:

Más al surgir el rayo impetuoso
un rojo resplandor el cielo invade,
la luz aumenta, las tinieblas huyen
las ciencias se alzan, los errores caen,
brisa primaveral besa la frente
de hombres oscuros que a la lucha salen
a lidiar con las armas de la idea
en rudo, terco, sin igual combate. (“El convento”, p. 59)

Es un poema donde un convento en ruinas expresa la misma idea de decadencia que sugiere Antonio Machado en el poema “El Hospicio” de Soledades, y se describe en términos semejantes de ruina y negrura. Así, al “a un ventanuco asoman, al declinar el día,  / algunos rostros pálidos, atónitos y enfermos, / a contemplar los montes azules de la sierra”, corresponde en “El convento” de García Vao “viejo ya y carcomido monasterio / aún guarda entre sus muros vacilantes / seres que al cielo elevan oraciones”. Pero al poeta manchego le interesa más la idea que la emoción, y retoma su intención patriótica, que en Machado llegará más tarde: “Palacio de ayer, el tiempo es corto / que has de vivir en la fecunda tierra”. Hay numerosos pasajes paralelos, por demás, con “El mañana efímero”. Se contrapone el librepensamiento (“Éste pícaro mundo, que ha pensado / que su misión para mañana es grande / que toda religión es sólo un nombre) a “los que tienen por Dios al egoísmo / y a Baco sonriente por imagen”, que no tienen “ni un pensamiento que los haga buenos / ni un pensamiento que los haga grandes”, y sus sayales religiosos “para ocultar hipócritas es bueno / para mostrar pobreza ya no vale”. Las calvas venerables y católicas y los varones apostólicos de Machado se relacionan en el poema con “tus varones inmortales, / tus campanas de bronce tan soberbias” .

En “Un mártir de la idea” el estilo se inviste de paralelismos sintácticos y antítesis, profusas geminaciones y rítmicas trimembraciones como en estos ejemplos:

Más brillantes, más puras y más amplias
le denuestan, le empujan y le ultrajan
ni un acento, ni un grito, ni un suspiro
sacrificó la fe, la vida, el alma
sin dudas, sin temores, sin sorpresas
ya suben, ya avanzan, ya le cercan
aún vive, y aún se agita, y aún alienta
que vibra y quema, que ilumina y mata
se aclama dueña y se corona santa
que pasa el hombre, pero no su gloria
que pasa el cuerpo, pero el alma queda

Este sencillo retoricismo que no busca oscurecer las ideas, abunda algo menos en ocasionales quiasmos:

Dogmas negando, rechazando leyes
que engendra esclavos y cadenas fragua

En el soneto “A Esprondeda” percibe bien la ironía romántica, como no puede ser menos en un buen crítico literario: “A los cielos del arte te elevabas / y tu cuerpo en el fango sumergías; / en tus dulces canciones expresabas / la falsedad del mundo en que vivías, / mundo que ignora si al cantar llorabas / o si del llanto suyo te reías”, p. 47. Declara el tipo de religiosidad que busca, nada dogmática ni exterior, y, por tanto, afín al Krausismo: “Jesús no quiso templos: los altares / van en los corazones”, p. 51.

Cabe, por último, destacar el valor de la poesía satírica de García-Vao. Parte de ella se publicó en el periódico humorístico La Saeta, y otra en Las Dominicales del Libre Pensamiento, como por ejemplo el soneto “El Monaguillo”:

    En la calle al nacer abandonado:
de allí por los del orden recogido,
entre chulos y randas[29] ha crecido,
con randas y guilopa[30]se ha criado.
    Por natural inquieto y perturbado,
de los curas y santos se ha reído,
a beatas y a cucos ha servido,
del sacristán tunante se ha mofado.
    Es un niño, y su pícara inocencia
le hace servir a Dios de mala gana;
sabe que un buen repique de campana
    llena el bolsillo y limpia la conciencia,
no ignorando el rapaz, por experiencia,
los misterios que encierra una sotana.[31]

            El eficaz cierre del soneto insinúa con elegancia mucho más de lo que la ingenuidad podría suponer.
            Ya se ha hablado del prevanguardista Antonio Solance Muñoz (Valdepeñas,   1825 - 1877), poeta poco inspirado, sin embargo, por lo que he podido leer en su único libro, que pertenece a mi colección; en cuanto a la obra en verso de Francisco González-Elipe y Camacho (Manzanares, 1815 – p. 1879),[32] quien aparece al fondo entre los poetas románticos del famoso cuadro de Esquivel, es de carácter fundamentalmente satírico y festivo y de inspiración quevediana; las fue publicando desde 1838 en el Semanario Pintoresco; las recogió en un volumen (Poesías, Madrid: Lalama, 1843);[33] lo trataremos más por extenso como autor dramático.


NOTAS



    [1] Este último le dedicó unas décimas en agradecimiento por  curarle la gota que añadió al libro.

    [2] No es el lugar aquí de hablar de este benemérito médico ilustrado nacido en Mataró. Baste decir que fue un pionero de la medicina asistencial y laboral; en su ejercicio como médico de las minas entre 1761 y 1798 contempló las pavorosas consecuencias de la toxicología hidrargírica y escribió una Catastrophe morbosa de las minas mercuriales de la villa de Almadén de Azogue. Historia de lo perjudicial de dichas reales Minas a la salud de sus operarios y composición de las enfermedades corporales y médico-morales de sus favores, con la curación respectiva de ellas  cuya crudeza obligó a que permaneciera inédita en el Archivo del Ministerio de Economía y Hacienda  de Madrid hasta que la editó A. Menéndez Navarro en  1998; a este estudioso debemos también el estudio del repertorio lexicográfico de Parés, autor además de otros opúsculos que no es el caso tratar aquí.

    [3] Juan Nuix y Perpiñá, Reflexiones imparciales sobre la humanidad de los españoles en las Indias, Madrid: Joaquín Ibarra, 1782. Esta es la bibliografía de Escoiquiz:
    1. Tratado de las Obligaciones del Hombre, Madrid: Imprenta Real, 1795; se trata de una traducción-adaptación de un original francés, muy reimpreso, ampliado posteriormente por J. P. y por Martínez de Aguilar entre otros, durante todo el siglo XIX.
    2. Carta de Juan de Escoiquiz pidiendo ayuda económica para imprimir su poema México conquistada, 1797.
   3. Representación escrita por el Señor Don Juan de Escoiquiz maestro del Señor D. Fernando VII... Acusación puesta por D. Simón de Viegas... Defensa de dicho Señor Escofer escrita por... D. Juan de Madrid Davila y una representación hecha por... D. Simón de Viegas...: piezas interesantes a la historia de España en estos Reynados... [Cádiz]: Manuel Ximenez Carreño, 1809.
   4. México Conquistada: Poema Heroico, Madrid: Imprenta Real por Don Pedro Julián Pereyra, 1798, 3 vols.
    5. Manifiesto de los intensos afectos de dolor, amor y ternura del augusto combatido corazon de nuestro invicto Monarca Fernando VII, exhalados por triste desahogo en el seno de su estimado maestro y confesor el señor Escoiquiz... Madrid, 1818.
   6. "Copia de una carta de Escoiquiz à los Españoles, que tiene prevenida para si la buena ventura la conduce à las manos de algun verdadero Español", fue insertada en Correo Politico y Literario de Salamanca y Diario de Cartagena en julio de 1808 y, al parecer, impresa en Valencia en ese año.
  7. Memorias de D. Juan de Escoiquiz: 1807-08. Edición de Antonio Paz y Mélia, Madrid: Tip. de la "Rev. de Arch., Bibl. y Museos", 1915; fue publicado antes en francés, en 1823.
    8. Idea Sencilla de las Razones que Motivaron el Viage del Rey Fernando VII a Bayona en el mes de abril de 1808, dada al publico de España y de Europa por el Excelentísimo señor don Juan Escoiquiz etc. etc. para su justificacion y la de las demás personas que componían entonces el Consejo privado de S. M. contra las imputaciones vagas de imprudencia ó ligereza divulgadas contra ellos por algunos sugetos poco instruidos de las expresadas razones, acompañadas de una noticia breve de los sucesos y negociaciones de Valençay, hasta la vuelta de S. M. á España Madrid: Imprenta Real, 1814. Traducido al francés (1814 y 1816), al alemán (1814) y al italiano (1815).
    9. La rebelión de Riego: información epistolar de don Juan de Escoiquiz a Fernando VII Viuda de Estanislao Maestre, 1943.
10. John Milton, Paraíso perdido, Bourges, 1812 (traducción)
11. Edward Young, Obras selectas. Madrid: 1789-1797, 3 vols.
12. Manual del ciudadano o sumaria colección de verdades histórico-políticas al alcance de todo el mundo y cuyo conocimiento puede ser útil al pueblo español en las circunstancias actuales... Cádiz, Hércules, 1820, atribuido.
13. Apología de la Inquisición, atribuido por Beauchamp.
14.Concluye la carta de Bayona del Sr. Escoiquiz, Tarragona, 1808.
15. Traducción de Pigault-Le Brun, Monsieur Botte, según Beauchamp.
    [4] Joseph G. Fucilla «The influence of Ercilla and Tasso on Escóiquiz's México conquistada», Hispanic Review, vol. 14, núm. 1, enero 1946, p. 68-75; tb. «Influencia de Ercilla y Tasso en México Conquistada», ampliado en su Relaciones hispano italianas, Revista de Filología Española, Anejo LIX, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1953, págs. 219-226.

    [5] Cf. Luis Pegenaute, “La recepción de Milton en la España ilustrada. Visiones de El Paraíso perdido”, en VV. AA., La traducción en España (1750-1830). Lengua, literatura, cultura. Ed. de Francisco Lafarga. Lérida: Ediciones de la Universidad de Lérida, 1999, p. 330-331.

    [6] Aunque según algunos mayor mérito supone la traducción del jurista liberal Benito Ramón de Hermida (1814), que es directa desde el inglés,  más fiel, completa y bastante anterior a la de Escóiquiz

     [7] Se debe a un chiste muy trillado que aparece, por ejemplo, en el Santo Tomás de Villanueva de Juan Bautista Diamante: “Con gusto igual / fray Tal me llamaba yo / y uno a mí me preguntó: “¿Quién es aquel Padre Tal?” / En latín respondí “Ego” /  y los que allí lo escucharon /  el Tal y el Ego juntaron / y me llaman Fray Talego.”

    [8] Menor importancia reviste su versificación de otra obra política del barroco Antonio López del Águila, el Parayso racional en documentos y reflexiones sabias en virtuosa política (Madrid: Oficina de Francisco Martinez Dávila, 1821). Sólo una pequeña parte de su obra lírica, de todo tipo y género, alcanzó la imprenta, pero destacan en ella las de tono popular, las de talante costumbrista y satírico y las patriótico-políticas dedicadas a la Guerra de la Independencia. Compuso trece odas cantando las delicias del soconusco, La docena del fraile, y El libro del chocolate, a cuyas jícaras era muy aficionado. También se acercó al teatro cómico con El congreso de la aldea del Pocico, un sainete populachero. Lo mejor y lo peor de fray Nicolás macen de su facilidad para repentizar: está libre de retórica marchita y su estilo es natural y castizo, pero a veces incurre en prosaísmo. Cf. Andrés Baquero Almansa, Hijos ilustres de la provincia de Albacete: estudio bio-bibliográfico... Madrid: Imp. de A. Pérez Dubrull, 1884 , p. 144 y ss.  

[9]

    [11] Mejía cultivó esta fórmula también en otras ocasiones y en prosa, por ejemplo en la serie de artículos que publicó en El Zurriago y a la que he dado el título en mi tesis sobre el mismo de “Testimonio del fiel de fechos”.

    [12] “A la muerte de Juan de Padilla”, El Zurriago núm. triple 67-68 y 69, [octubre] 1822, pp. 7-10.

    [13] “Un poeta español que no es jurisconsulto ni teólogo”, en Félix Mejía, Retratos políticos de la revolución de España. Edición de Charles Lebrun, Filadelfia: 1826, p. 78.

    [14] Fue compañero de Villergas, con quien redactó El Huracán (1840-1843), director de El Miliciano (1854), periódico que auspició la revolución de ese año, y de  El Paleto (1859-1865), y redactor de El Centinela de Aragón (1842). Escribió novelas por entregas en el Semanario Pintoresco Español. Sus últimos trabajos aparecieron en El Mundo de los Niños (1890). Polémico es su folleto La fe de los partidos: examen critico-filosofico de la decadencia de los viejos partidos con el retrato de la nueva jesuitica y temible secta de los neo-catolicos, Madrid, 1860.

    [15] “El hombre propone y Dios dispone”, 198 y ss. composición que le dicta la indignación que le provocaban los acaparadores de trigo que, cuando el pueblo rogativas a  la Virgen para que llueva, obsequian joyas a la Virgen para que pase lo contrario.

    [16] En El cantor de las montañas. Leyendas populares, Madrid: Imp. de la Soberanía Nacional, 1855 es un conjunto heterogéneo de leyendas, pues difícilmente se puede llamar leyendas a poemas sociales como “El labrador” que son semejantes en intención a “El niño yuntero” de Miguel Hernández.. En El romancero histórico (vidas de españoles célebres), Madrid: Francisco Abienzo, 1859, evocando a Quintana, trata esbozos biográficos de héroes de las tres gestas que el liberalismo decimonónico exaltaba: la Reconquista, la Conquista de América y la Guerra de la Independencia. Cuadros populares de la Coronada Villa; o maravillas del Manzanares  (1847) deja muy pronto el pretexto paisajístico y bucólico para atacar el sistema político isabelino y denunciar la miseria y explotación del pueblo y la explotación burguesa. En  El cancionero de Sevilla: Colección de artículos, leyendas y poesías en que se describen sus antigüedades, monumentos, historia, misterios y costumbres  (Madrid: Andrés Orejas, 1872) alterna la prosa y el verso para describirnos un viaje literario a Sevilla.

    [17] Sebastián. Poema original en verso. Por J. de Aguilar. Ciudad Real, Imprenta de Victoriano Malaguilla, 1858 (pero colofón de 1859). De ascendencia manchega, según Luis Vilar y Pascual, Diccionario Histórico, genealógico y heráldico de las familias ilustres de la monarquía española… Madrid: Impr. de F. Sánchez a cargo de Agustín Espinosa, 1862,  t. VI, pp. 61-63, José de Aguilar era intérprete y fue destinado a China en 1848, donde fue nombrado cónsul de primera clase en Hong Kong con residencia en Macao, cargo en que estuvo hasta 1869, en que pasó a condición de cesante por haber sido rebajado el consulado a segunda clase, según La Iberia (12-IX-1869), p. 3. Su única obra, fuera de la que reseño, es El intérprete chino. Colección de frases chinas y analizadas para aprender el idioma oficial de China, arregladas al castellano. Madrid: Imprenta de Manuel Anoz, 1861. La obra está dedicada a Saturnino Calderón Collantes, primer secretario de estado, y en su introducción sostiene la necesidad de sostener relaciones diplomáticas con China, ya que el comercio de Filipinas está destinado mayoritariamente a este país y se incrementa en progresión geométrica. Ambas obras parecen ser fruto de la forzosa inactividad a que Aguilar se vio abocado como consecuencia de la segunda Guerra del Opio (1856-1860) y el cierre de los puertos del Celeste Imperio, pese a la neutralidad española, tras lo cual volvió a su consulado en abril de 1864 acompañando a Sinibaldo de Mas, encargado de negociar el Tratado sino-español de amistad y comercio de 1864.
Sobre la amistad y colaboración de ambos orientalistas y diplomáticos, cf.  la tesis doctoral de David Martínez Robles La participación española en el proceso de penetración occidental en China: 1840-1870, presentada en marzo de 2007 en la Universitat Pompeu Fabra. Aunque consultó su expediente en el M. de Asuntos Exteriores, ningún dato más pudo extraer de él.

    [18] Condena, por ejemplo, el tráfico de esclavos y la pena de muerte. Cf., por ejemplo, p. 62: “Si la vida no es propia, no es tampoco / de otro ni de otros nombres / [y] pues, si en efecto no puede matarle / la ley en sano juicio aunque él nos mate, / tampoco se podrá en juicio quitarle / la joya para él de más quilate, / su libertad”.

[19] Terminó derecho a los 18 años y más tarde se doctoró en Derecho Civil y Canónico. Dirigió La Democracia de Albacete; fue diputado por Alcaraz; a los 27 años marchó a Madrid, donde trabajó y se hizo notar como redactor en periódicos del partido democrático. Ingresó en la Masonería y en la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación y frecuentó el Ateneo; fue nombrado Director General de Agricultura, Industria y Comercio en Albacete, en cuyo cometido creó un Vivero y una Granja Agrícola. Aceptó el cargo de Abogado Fiscal del Tribunal Supremo y ascendió en pocos años a una plaza de Magistrado del Alto Tribunal, donde le sorprendió la muerte a los pocos días del mes de Marzo del año 1913, cuando todavía podía esperarse mucho de su talento. Fue amigo de Miguel Moya.

    [20] Las Obras poéticas de Roca de Togores se publicaron en Madrid en 1857 (incluyendo su drama María de Molina), y en 1881 aparecieron sus Obras completas.

    [21] En el poema “Recuerdos de Salamanca”, escrito cuando la Condesa viuda de Montijo y su hija la Condesa de Teba (doña Eugenia de Montijo, futura emperadora de Francia) le invitaron a visitar sus posesiones salmantinas con ellas, escribe lo siguiente: “Hoy los grandes, de costumbres / extrañas imitadores, / a su vez desconocidos / del pueblo que desconocen, / atados al viejo yugo / que los reyes les imponen, / sufren de envidiosa plebe / el nivelador azote.” Op. cit., p. 217 y ss.

    [22] Op. cit.: “Campo estéril, mortífera laguna / me vio nacer, y la yermada arena / présago iluminaba de mi pena / fúnebre rayo de sangrienta luna. / Trueno de muerte me arrulló en la cuna, / cuando Castilla, al sacudir la ajena, / forjaba ya la bárbara cadena / que dio al Corso tirano la Fortuna. / Mi primer tierno involuntario llanto / uniose al llanto de la patria mía, / y mis ojos lloraron su quebranto. / De entonces miran en la luz del día / lúgubre antorcha de dolor y espanto, / y amo a mi patria, y lloro su agonía. (1842).

    [23] Santos López Pelegrín fue abogado (1826), asesor del Gobierno en Filipinas (1829-1833), de la Audiencia de Cáceres (1835), director de El Mundo (1836-1840), colaborador de Nosotros (1838), Semanario Pintoresco, Correo Nacional (1838). Hizo famoso el pseudónimo de “Abenámar” en su colaboración con Antonio María Segovia, “El Estudiante”. Se destacó por sus crónicas parlamentarias en lenguaje taurino, sus panfletos políticos y sus reseñas teatrales antirrománticas insertas en Revista de Madrid. Con Antonio María Segovia publicó el periódico Abenámar y el estudiante. Capricho periodístico (1838-1839) y además Artículos satíricos y festivos (1840). Es autor él solo de Filosofía de los toros (1842), Poesías (1842) y de las comedias Cásate por interés y me lo dirás después (1840), A cazar me vuelvo (1841), Ser buen hijo y ser buen padre (1843), imitaciones mediocres de Manuel Bretón de los Herreros. Figura en Los españoles pintados por sí mismos con dos artículos, "El aguador" y "El choricero", el primero con cierto contenido social y el segundo escrito con ingenio y gracia sobre la industria choricera salmantina.

[24] No debe confundirse con el homónimo padrastro de Jorge Santayana. Estudió leyes en Valladolid; dirigió El Diario de Toledo (julio de 1894), de contenido menos oficial de lo que inspira su título, ya que es burlesco y cómico, dando cabida a autores como Juan Pérez Zúñiga o José Estrañí, y El Día. (1896) Fue delegado de Hacienda en Cuenca, de donde marchó con el mismo cargo a Valladolid en 1913. Hizo crítica taurina en prosa y verso en El Nuevo Diario de Badajoz. Redactor desde 1897 de El Norte de Castilla en Valladolid, donde usó el pseudónimo de “El Curioso Pinciano”, y desde 1906 su consejero literario y delegado del Consejo Directivo para lo literario; fue a veces director interino del mismo. Colaboró en Café con Gotas (1887), en La Voz de Peñaranda, en La Campana Gorda de Toledo, 1916, año en que fue nombrado inspector regional jefe de Hacienda de segunda clase, y en muchas publicaciones de naturaleza festiva. Miembro de la Academia de Bellas Artes de Toledo. Publicó además El duelo: estudio histórico-crítico, Madrid: Librería de A. de S. Martín, 1888. Murió en diciembre de 1918.


    [25] En un capítulo de un libro inédito mío, Historia, biografía y literatura de los periodistas manchegos,  trato con amplitud sobre este autor y su época; aquí sólo incluiré algunos puntos esenciales.

    [26] Fuera de su temprano premio de composición en poesía latina en la Exposición Universal de París, El Imparcial (19-III-1882) dice:

El Jurado constituido para juzgar las obras poéticas destinadas a una velada en honor de [José] Moreno Nieto, organizada por los alumnos de la facultad de derecho, consideró dignas de mención dos composiciones del señor García Vao y las de los señores Soto, Alfaro y Porbera, Silvela, Grinda, Suárez y Ansoldo.

 También ganó un premio en el certamen poético convocado en memoria del bicentenario de la muerte de Calderón con su soneto “A Calderón”, premiado con mención honorífica en el certamen de la Universidad Central y fechado en mayo de 1881, con el lema “El genio es el sol que ilumina / los cielos del arte”. Además un soneto “A la memoria del eminente orador don José Moreno Nieto”, firmado en marzo de 1882, fue premiado por la Universidad Central. Lleva un lema del poeta Grilo, tan detestado por Leopoldo Alas y que nadie recuerda ya hoy, pero celebérrimo entonces: “...Era muy grande tu canto / para el concierto del mundo”. El poema “La masonería” de García-Vao, dedicado a Demófilo, mereció el primer premio en el certamen celebrado en Córdoba el 5 de diciembre de 1884.

    [27] Por ejemplo, en el poema “A los ojos” se echa de ver el influjo demasiado patente del madrigal al mismo tema de Gutierre de Cetina.

    [28] Martín García-Vao era un jurista militar y compuso unas Nociones de derecho civil referentes al estado y capacidad civil de las personas, modos de adquirir la propiedad, derecho de obligaciones y contratos, Madrid  Imprenta del Cuerpo Administrativo del Ejército, 1896.

    [29] randa: coloquialmente, ‘ratero, granuja’. También es un tipo de elaborado encaje de bolillos.

    [30] guilopa: mala persona en el norte de Murcia. El destacado parodista Salvador García Granés, muy conocedor del argot chulesco madrileño, emplea también este vocablo en su Carmela, parodia lírica de la ópera Carmen: : “Pues como a alguna guilopa / la pesque yo con matute, / no le voy a dar mal tute. /¡Aquí están! ¡Valiente tropa!”

    [31] “El monaguillo”, en Dominicales del Libre Pensamiento, núm. 100 (11-I-1885), p. 4.

    [32] Francisco González Elipe fue doctor en ambos derechos y uno de los fundadores del Liceo Artístico y Literario de Madrid. Fue jefe político de las provincias de Guadalajara y Cuenca, gentilhombre de Cámara de Su Majestad con ejercicio, Comendador de la Orden de Isabel la Católica y diputado a Cortes en varias legislaturas. Se casó con Rosa de Guisasola y Álvarez de Acevedo, de la que tuvo dos hijos. Escribió relatos en El Panorama, como “El juramento” y “La rival generosa”. Entre sus ensayos cabe citar Los tiempos: ligera reseña del liberalismo en España (1865). Cf. Basilio Martín Castellanos, Biografía de D. Francisco González Elipe, diputado á Córtes, poeta lírico y dramático y escritor político, Madrid, 1849.

    [33] “Las poesías de don Francisco González Elipe”, Semanario Popular, VII (1842), p.142

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